Por otra parte, la exhaustividad del volumen se explica por el carácter obsesivo de Rogan (se dice de él que, trabajando en otro proyecto similar, fue capaz de tirarse un año entero encerrado sin hablar con nadie), aunque la avasalladora abundancia de datos no siempre es esencial. ¿Es necesario conocer la vida y milagros de los padres y abuelos de Morrissey en Irlanda, en los años 30, para explicar el carácter del personaje? Desde luego, no necesariamente, salvo que la incondicionalidad del grupo raye en la obsesión casi enfermiza. Los testimonios, ciertamente no exentos de valor en la mayoría de casos, implican a familiares, amigos de la infancia, managers, productores, gerentes de discográficas, programadores, y llegan hasta Johnny Marr, pero nunca hasta el mismo Morrissey, cuya intimidad sale totalmente indemne del escrutinio de Rogan. Tan intocable como siempre. No obstante, el ameno y entretenidísimo trabajo de Rogan explica mejor que ningún otro la escasa visión empresarial del tándem, su obstinada renuencia a dejar las riendas de su destino en manos de un manager de cabecera, el complicado juego de equilibrios en su relación con la base rítmica que formaban Andy Rourke y Mike Joyce, y la tirantez de su relación con las discográficas. Al menos con la suya, una Rough Trade que se llevó el gato al agua, ante la escasa fe comercial que Tony Wilson (capo de la mancuniana Factory, quienes hubieran tenido todos los números en un principio para hacerse con sus servicios) tenía en ellos, y de cuyo error se lamentaría a largo plazo (no hay más que ver el jocoso comentario al final del film “24 hour party people”, de Michael Winterbottom). Así pues, “Morrissey & Marr: La alianza rota”, es un dinámico fresco histórico sobre una banda que tenía muy claro qué concepto –la reformulación del pop británico a través de la fusión de esencias clásicas y novedosas–, qué imagen y qué filosofía artística trataba de transmitir. La vigencia de su legado es más que manifiesta con traducciones como esta, ya que, como bien dice Johnny Rogan en una de sus más atinadas y definitorias explicaciones, “al fin y al cabo, el arte de Morrissey es una glorificación pírrica del poder del aislamiento sobre la integración”.
Fuente: efeeme.com